bebé_elefante

hice un cuenco de manos para que te duermas

cuando la arpía clava el colmillo al árbol y sopla

miro tu apnea (dios, basta) y me digo

que no entiendo ni quiero hacerlo

el tiempo es una doble guarida, me pesa

en los oídos como todo nos pesa, y nada es diferente

por eso no tengo apuro, al contrario: tengo miedo

de que tu trompa caiga como un tronco seco, de que todo caiga,

y de que a medianoche me toque levantar los restos,

uno por uno, así (dios, basta) dejo dormir

ojo de gato

siempre elegiría el ojo de gato

la sombra de la infancia

el sexo azul, la flor incolora

contar: cada baldosa

un año de vida (un año)

cada peluche que se esconde

para llorar como él, si se olvidan

de cerrar los ojos

lloraba

de una mala gestación

de este fénix mío

de ignorar, al paso, mientras miro

 

de un sol de estación, normal

de mis labios fríos

del recuerdo de un plumífero

 

de la amistad salvaje

(de la necesidad de exponerla)

del Colgado y de su hastío

 

me olvidé el motivo

Adivinanza

No es un bicho un

pájaro

No es agua

lo que está en el tallo

No es vino

todos los dedos de mis pies

No es pasto

la inundación continua de la casa

ni lo es

el paredón derribado hace años

No es color

lo visto bajo la indiferencia muerta de la luna

No es dolor

el estar continua o distraídamente recordando

No es una promesa

si no hay una metapromesa como secreta respuesta que la cierre.

El sarro

   ¿eso?

 

 

los años, sus estómagos abiertos a la enorme mirada, el sarro
que se solidifica cuando hay alguien ahí,
la diferencia que alegra
al principio y después pasa,
como el agua, no se puede contener,
la impotencia es esta cárcel abierta, las necesidades
se escapan para asfixiarse con su propia cola, el sarro se quiebra, reflota,
es igual, y mi mano se cierra y se abre como si en ella hubiera algo que puedo agarrar,

extremidades de zorrito

en la memoria no hay derecho al maltrato afortunado, lo dije.

te sentaste en el borde de algo y descansaste los ojos sucios bordó;

por supuesto que

juntaste tus extremidades y me dijiste que eras la imagen perfecta del sí-mismo universal,

que estabas muy cerca, que habías viajado de lejos para agradecer el interés que yo

demostraba tener en las hendiduras de tus rodillas, y en la fantasía crítica pero más fantasía aún, por su cualidad misma, del zorrito blanco y cernido, a toda costa triste.

yo entonces pensaba (con optimismo) en la sobrecarga de reproches entre el momento que se vive y el que se apaga, en una dirección o en otra; no quería y no quiero otra cosa

 

Plumón (o Recomienzo)

Hijo, mi pequeño

plumífero: habrá ciertas situaciones sin sentido; el viento

lúcido de la creación –el que te trajo a la tierra

de las sesenta agujas– será más adelante

un recuerdo lleno y equivocado

de un momento sin relación alguna con nuestra vida de ave gigante

 

 

Plumífero:
puedo no sentirte cerca, puedo no verte en el patio de los tréboles malheridos, puedo no asumir la culpa de haberte reconocido tan tarde, puedo no jugar con la suave voz que nos llama mientras desprendo tu plumón con cierta sensación de calumnia